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Si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si intento explicarlo, no lo sé

  • Dp
  • 27 abr
  • 4 min de lectura

Actualizado: 28 abr

En mi último post os hablé de la importancia de la narratividad y la construcción de buenos relatos para nuestras vidas, y concluía que la ausencia de éstos, causada en gran medida por la pantallización de la vida ordinaria, se encontraba directamente relacionada con un empobrecimiento de la experiencia y el consecuente derrumbamiento del sentido. También apuntaba como causa hipotética no tanto a una emblemática quiebra de ciertos valores, creencias o prácticas sociales sino al colapso de nuestra atención cotidiana. Era más o menos un diagnóstico. Terminé mi post con frases un tanto enigmáticas que sugerían una propuesta o itinerario para hacer frente a esta situación dramática. Y de esto último es de lo que quería tratar ahora. ¿Cómo recuperamos la atención perdida?, y ¿cómo reeducamos nuestra narratividad de tal manera que ese aprendizaje nos permita interpretar (de nuevo) lo que nos pasa en el contexto de una vida con sentido? Aunque tenía en la cabeza la idea de escribir una continuación del post anterior, una casualidad familiar ha provocado un desplazamiento inesperado del tema (ahora que lo pienso siempre acabo escribiendo a partir de sucesos entresacados de nuestra dinámica familiar). Resulta que mi esposa y mi hijo mediano comparten en estos momentos la lectura de un libro titulado Las meditaciones cotidianas (el cultivo de la atención a través de las pequeñas cosas). De entrada, el título resume bastante bien mi programa. Puede que sea un título demasiado explícito, con poco margen para la evocación, y al que sin duda le habría suprimido el artículo “las”, ya que sugiere una exhaustividad un tanto contradictoria con la idea de lo cotidiano. En todo caso, yo también me he incorporado a la lectura del libro, y reconozco que, después de haber leído los primeros capítulos, no comparto el entusiasmo de mi esposa. De hecho, hace unos pocos días discutimos acaloradamente por causa del libro y mi esposa, que sabe de qué pie calzo, me acusó de teologizar todo aquello que leo y no me gusta. Pero más allá de la indiscutible justicia de esa acusación, la lectura de este libro está siendo inesperadamente provechosa y me ha dejado, de una forma un tanto abrupta, a los pies de la pregunta fundamental: ¿Qué significa atender? Digo fundamental no porque sea la pregunta más importante, sino porque es una pregunta anterior a otras preguntas. O, dicho de otro modo: difícilmente cultivaremos la atención y estaremos en condiciones de determinar las causas y agentes que nos privan de ella, sin que antes tomemos conciencia de aquello que hacemos cuando atendemos.

 ¿Qué significa atender? Mi primera respuesta es que no hay respuesta para a esa pregunta. La reflexión sobre la atención es como el tiempo agustiniano, “si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si intento explicarlo, no lo sé”. Atender a mi atención me deja mudo, sin palabras. La etimología, tan útil la mayoría de veces, no me sirve aquí. Al contrario, llega a confundirme. Atender, attendere, es un verbo formado por el prefijo ad, “hacia”, y tendere, “tender, estirar, extender…”. La etimología confluye con una fenomenología de la atención, ambas subrayan el carácter intencional de la conciencia. Y ese camino es justo el que no me convence, el de una conciencia en tensión y orientada hacia a un objeto real, una persona o un estado mental, anímico, espiritual... Ese estar proyectado hacia no da ninguna información relevante sobre el hecho mismo de atender. No me pregunto ¿cómo funciona mi atención?, sino ¿qué sucede cuando atiendo? Repito, no lo puedo expresar con palabras. Ahora bien, lo que sí puedo hacer es ensayar una aproximación mediante alguna clase de perífrasis que dé un sentido a ese carácter no discursivo de la atención. Pensar la atención sin recurrir a un sujeto intencional.

Llegados aquí, la objeción es casi obligada: eso es como pensar en el vacío, podrías argüir. Sí, mi querido lector, es exactamente eso: atender es trascender, es vaciarse, descrearse (y aquí voy de la mano de Simone Weill, para quien la atención es esencialmente oración). La verdadera atención consiste en suspender el movimiento natural del sujeto dirigido hacia un objeto u ente. Pero está muy lejos de ser una suspensión estéril y nos equivocaríamos también si la entendiéramos como una suerte de paréntesis meditativo o repliegue del sujeto. En realidad, tiene dos momentos: la renuncia al control de la conciencia y la apertura a lo que acontece sin más, al margen de nuestra intencionalidad. Es una exposición a lo que me supera, el reconocimiento de mi propia finitud y, sobre todo, una disposición gratuita del alma que prepara y facilita el encuentro con aquello que no soy yo. (“Prestar atención”, maravillosa expresión que sintetiza el acto de generosidad de quien atiende).   

Es importante, y acabo, evitar la tentación teologizante, tan presente en filósofos como Heidegger o Levinas, y que consiste en un intento (en vano) de situarse al otro lado de la atención, en el lado del no yo, para poner palabras a lo que resulta ser una sencilla invitación al silencio, una admiración antes que una comprensión, el punto de partida de una narratividad con sentido.

 

  

    

 

 

 
 
 

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