Paciencia, quién nos viera
- C
- 4 ene
- 2 min de lectura
Actualizado: 5 feb
Para disfrutar de la verdadera alegría hay que aprender a tomarse a uno
mismo con menos gravedad. Permitir que la existencia marche con su flow. Parece una tontería, pero cuesta mucho dar el paso. Enseguida tendemos a colocarnos en un pedestal,
a perdernos en cábalas sobre héroes protagonizando grandes historias.
Son pocos los que están dispuestos a mirarse con el sano realismo que acoge sin reservas todas las miserias. La circunstancia vital al desnudo es una bebida demasiado fuerte para algunos espíritus sensibles. Este conflicto lo vivo en primera persona todos los días, al final de
la jornada suelo acabar exhausto de sobredimensionar.
Con todo, algo me dice que no soy el único.
Por un lado, basta una pequeña victoria para que se me hinche el pecho como
a un palomo y vea abrirse el monte olimpo ante mis ojos. Por otro, hace falta que esté la cosa a punto de palmar para que reconozca que necesito ayuda y acepte que voy más náufrago
que Robinson Crusoe. Quien me viera pensaría que me esfuerzo para que
no me pille la felicidad. De esto surge una pregunta que se presenta con la legitimidad
de un cachete bien dado: ¿Qué gano siendo tan borrico? No hace falta decir que
la respuesta es tan clara como absurda.
Aunque no lo parezca, es así: para vivir con alegría hay que aprender a soltar, a dejar ir. Aferrarse a las cosas no sirve de nada, lo mejor es dejarlas pasar. Obstinarse en dar con la tecla
definitiva es como ser un neurótico buscando unas gafas que ya se lleva puestas.
Suena bien y es verdadero: alegría y a otra cosa mariposa.


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