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Normal people y la estetización de la toxicidad

  • Dh
  • 13 may
  • 3 min de lectura

Tras la tercera recomendación, acabé viendo por fin la serie irlandesa Normal People. Galardonada y estrenada hace ya unos años, esta miniserie de doce capítulos breves sigue dando mucho que hablar. Y con razón, porque aquí hay bastante tela que cortar.

Es una serie admirable en varios aspectos. Sus personajes están muy bien construidos (sin Paul Mescal y Daisy Edgar-Jones esto no sería lo mismo), llenos de matices, y el guion es inteligente, sencillo y ajeno a cualquier intelectualismo romántico. Ya solo por eso habría motivos de sobra para alabar esta obra nada pretenciosa, que explora los vaivenes de la relación entre dos jóvenes en la Irlanda del siglo XXI. Sin embargo, hoy no quiero detenerme en cuestiones de ejecución cinematográfica. Normal People tiene una lectura que la convierte en una serie más dudosa y problemática: embellece y enaltece una relación emocionalmente inestable. Ese logro formal acaba volviéndose en su contra, porque convierte la indecisión, la dependencia y la huida en un relato íntimo, seductor y , finalmente, normativo.

Hay series que son directas, que no van con segundas y no maquillan la toxicidad de las relaciones con flores ni con gestos amables. Y hay otras que envuelven su relato de tal modo que aquello que muestran casi deja de parecer dañino o negativo. Normal People pertenece a este segundo grupo. Hablar de «toxicidad» en el caso de Connell y Marianne quizá sea excesivo si pensamos en términos de maltrato directo o explícito, y sin embargo la serie describe un tipo de vínculo que, sin ser abiertamente dañino, está atravesado por dinámicas muy poco sanas: la incapacidad de comunicar lo que sienten, la dependencia asimétrica, varios intentos de mantener una amistad forzada y un miedo a la intimidad y al compromiso que los empuja una y otra vez a retirarse. Y todo eso, tan bien trabajado por la puesta en escena, hace que veamos a sus protagonistas como la pareja ideal. El problema, insisto, no es que se evidencie la inestabilidad, la inmadurez o el daño que generan sus decisiones, sino que se los convierta en un signo de belleza emocional. Eso es lo inquietante. Porque la cultura (que se crea con relatos en el cine, en la literatura…), tiene ese poder de modelar patrones y conductas, de legitimar discursos que, bajo su apariencia de verdad sentimental, pueden confundir y dañar a quien los recibe.

Ese es, para mí, el punto más debil de la serie. La relación se mueve en una sucesión constante de acercamientos y retiradas, de deseo y renuncia, de dependencia y silencio; en pocas palabras, el clásico juego del gato y el ratón. Y aunque esa ambivalencia pueda leerse como verdad psicológica, la serie la envuelve en una estética tan cuidada que cuesta leerla como síntoma: los silencios se sostienen en primeros planos que parecen pedirnos que confundamos la incapacidad de hablar con hondura emocional, y los reencuentros —pienso ahora en la secuencia de la mansión italiana, con esa luz dorada y la vulnerabilidad a flor de piel— se filman con una belleza que aplana la complejidad del momento y convierte la huida y el regreso en pura poesía visual. Así, el relato no solo representa una experiencia relacional, sino que la legitima estéticamente, consolidando una serie de ideas claramente falsas: que el amor intenso no da ninguna paz, sólo puede doler, que la inestabilidad es profundidad y que la falta de compromiso forma parte del misterio sentimental.

Además, el relato puede reforzar un imaginario bastante reconocible hoy: el del chico que no sabe sostener el vínculo, que vuelve tarde y mal, y que gracias a la melancolía del retrato acaba convertido en una figura romántica, y no como alguien incapaz de cuidar sus afectos. Sería injusto cargar todo el peso sobre Connell, porque Marianne tampoco es ajena a esa coreografía: la serie también estetiza su dependencia, su autoestima herida y esa tendencia a desaparecer para no pedir lo que quiere, lo que  necesita.

Por eso mi juicio es doble. Normal People es una serie excelente como pieza audiovisual, y además cuenta con una banda sonora magnífica que atrapa desde el primer momento. Pero también es un producto cultural que, como tantos otros hoy, alimenta una visión del amor distorsionada, basada en el miedo, la espera frustrada y la fragilidad perpetua. No falla por mostrar una relación compleja; falla por hacer que esa complejidad parezca deseable. Al narrar la inestabilidad con tanta hermosura, el espectador puede acabar asociando intensidad con verdad y daño con profundidad.

 

 
 
 

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