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Limpiar cristales

  • Dp
  • 13 may.
  • 5 min de lectura

En el reparto de tareas domésticas yo me encargo de la limpieza general de la casa. No es que haga yo todo el trabajo. También ostento la autoridad, ganada a pulso después de muchos años en estos menesteres, para dirigir y asignar pequeñas tareas a mis hijos, como recoger la cocina después de las comidas, bajar la basura, limpiar el retrete o recordar y consignar en sus huidizas mentes la capacidad asombrosa del polvo para acumularse en todo tipo de objetos, especialmente en espacios poco ventilados como sus cuartos. Por otro lado, hay tareas de limpieza que comparto con mi esposa, especialmente las que tienen que ver con la cocina, que en nuestra casa es el centro neurálgico, por dimensiones y por ser el lugar donde pasamos la mayor parte del tiempo. (Por cierto, mi esposa es la que compra y cocina, y lo hace con gran esmero, creatividad, perfección y economía. Su tarea es la más difícil con diferencia. No hace mucho tuvo que viajar unos días y me quedé al mando de la cocina. Os aseguro que mi cabeza estuvo a un pelo de explosionar cuando, el sábado por la mañana, andaba yo por los pasillos del supermercado pensando en todas las comidas y cenas que debía preparar en los tres siguientes días). Por último, están las tareas que sólo hago yo, como aspirar y fregar el suelo, o desempolvar y limpiar las estanterías de mis libros (podéis adivinar el sentido marital de la cursiva). De entre estas últimas, limpiar los cristales de las ventanas es una tarea que, con el tiempo, ha ido ganando puntos en mi particular escala de valores domésticos. Ahora mismo la puedo considerar la tarea cumbre y una auténtica maestra de vida contemplativa.

Nuestro piso se encuentra en un edificio esquinero del ensanche barcelonés. Tiene un gran balcón que da a la calle, de punta a punta del piso, y al que se puede acceder desde seis grandes ventanales de unos tres metros de altura por uno y medio de ancho. Cada ventanal, con sus persianas de librillo, corresponde a una habitación (dormitorios y despacho). El salón y la cocina se encuentran en la zona interior del piso, y forman un espacio iluminado por una gran cristalera de unos seis metros de ancho por tres de alto con vistas al patio de manzana y a nuestro querido convento de dominicos. Os podéis hacer una idea del trabajo que supone la limpieza de los cristales de todo el piso. Una mañana entera.

¿Cómo afronto este trabajo? Pues mal. De entrada, no lo afronto, sino que lo aplazo varias semanas, incluso meses o indefinidamente (en el último año creo haber limpiado los cristales una única vez). No sabría decir muy bien por qué. ¿Falta de tiempo, dejadez, pereza? No descarto ninguna de esas tres razones, pero como no puedo evitar buscar tres pies al gato, me gusta pensar que mi resistencia se debe también al hecho de que los cristales de las ventanas no forman parte del hogar de la misma manera que una mesa, una fotografía enmarcada o un grifo. Los cristales son lo que está ahí afuera, lo que te separa del mundo, la exterioridad que delimita un espacio íntimo, una frontera física y existencial. Te desentiendes de ellos, piensas, por la naturaleza de la cosa misma. Además, no soy yo quien los ensucia, sino la contaminación, la lluvia, el polen de los plataneros en primavera o el vecino de arriba cuando sacude el polvo de sus alfombras.          

Sea como sea, no tengo una planificación concreta para limpiar cristales. Simplemente sabes cuando es el momento. La última vez fue el pasado viernes por la mañana, en un tiempo muerto de mi trabajo, digamos, oficial y público. En mi interior me debatía entre salir y dar un paseo, entrenar, leer aburridos papers relacionados con mi trabajo de final de máster, ordenar ropa limpia o quedarme donde estaba, es decir, navegando como un tonto por la red hasta la hora de la comida. Entonces miras por la ventana y entiendes la oportunidad. Manos a la obra, te dices. Lejos de cumplir con una pesada obligación me veo, entusiasmado, en el interior de una inspiración sobrevenida.

La mañana se me pasa volando y, como he ido mejorando la técnica con el tiempo, soy capaz de limpiar todas las ventanas del piso de una tirada. Utilizo dos bayetas, alternado mis brazos, en un movimiento circular que recuerda la técnica del maestro Miyagi de Karate Kid (dar cera/pulir cera). Con el brazo izquierdo saco la suciedad más gruesa, la que se ve fácilmente, con el derecho busco la transparencia y me fijo en el detalle, en la pequeña mancha y en los bordes de los cristales. No pienso en nada, trabajo sin apresurarme, pero constantemente, una pasada y otra. Cuando voy por la cuarta ventana se me agarrotan los hombros y empiezo a sudar. Descanso, miro a la calle desde el balcón, su ajetreo verde, luego hacia el interior y veo mi reflejo en el cristal, y por detrás, forzando la mirada, las formas borrosas de los muebles y la silueta, etérea y misteriosa, de mi esposa trabajando delante del ordenador. Vienen a mi cabeza los versos de Baudelaire: el que mira desde afuera a través de una ventana abierta no ve tanto como el que mira una ventana cerrada. Sigo con la tarea, entrando y saliendo, porque no es lo mismo, ¡para nada!, el trasluz de un cristal que mirarlo a contraluz. El cambio de perspectiva me permite captar las pequeñas imperfecciones, aquello que no ves en un lado, pero sí en el otro. Finalizo los ventanales de la calle y me traslado a la galería. Aquí debo esmerarme más si cabe. La gran cristalera con vistas al patio de manzana tiene un valor simbólico nada desdeñable. Alumbra día y noche nuestra vida en común, nuestras conversaciones, nuestras ensoñaciones. También nuestras soledades. Hemos crecido mirando por esta ventana. Me lleva una hora y media limpiarla a conciencia, palmo a palmo. Acabada la tarea, me siento en el sofá de la galería, cansado y satisfecho. Todo luce distinto ahora, con su propio fulgor. Dentro y fuera. Incluso el silencio tiene otra densidad con los cristales limpios. Miro hacia el patio, hacia el huerto de los hermanos dominicos, flanqueado por dos tapias. En una, un gran rosal cargado de llameantes rosas. En la otra, la yedra rodea una imagen suspendida de la Virgen. Ya es mediodía, sigo sentado, esperando a que la luz del sol empiece a penetrar en casa. La veo asomar lentamente, sube hasta mis brazos, me calienta. Cierro los ojos, me invade un sueño momentáneo, pero al abrirlos parece que haya regresado de un lugar muy lejano. Ahora me fijo en el cristal, me sonrío: la última lección, la definitiva, piensas. La luz del sol, que entra en un plano casi horizontal, revela el rastro, muy tenue, de antiguas gotas de lluvia que no has conseguido limpiar, que no eran visibles bajo tu torpe mirada. Mi primer impulso ha sido levantarme como un loco, aprovechar el momento y llevar a cabo una suerte de obra maestra de la limpieza. Pero he tomado el camino contrario, quedarme quieto, dejarlo estar y dar gracias. Así está bien, me digo, gotas secas de lluvia a pleno sol, humildes rastros traspasados de vida.  

 

 

 

 
 
 

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3 comentarios


Carlos Sabat
Carlos Sabat
16 may.

Las ventanas de casa son el marco de una vida que se esconde y no dejamos de buscar. Sabemos que está ahí, escondida en algún lugar entre las nubes y el cielo. Si miras con atención siempre acaba acariciándote el corazón.


Gracias por esforzarte en que veamos un poco más claro, por permitirnos mirar al exterior desde las raíces del hogar.

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Daniel  Sábat Navarro
Daniel Sábat Navarro
16 may.
Contestando a

"Mirar al exterior desde las raíces del hogar" , todo se encierra en esa frase.

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Emili Avilés
Emili Avilés
13 may.

¡Inspiración y ejemplo: bravísimo!

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