La verdad no es un cuento
- C
- 7 abr
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“La era de la interpretación” es el nombre con el que muchos filósofos han designado la época surgida en el siglo XX tras la caída de los grandes relatos metafísicos. La muerte de Dios fue el primer paso que liberó al hombre de todo discurso esencialista vinculado a una visión objetiva de la verdad. Ha pasado ya casi un siglo desde que las primeras formas de esta nueva cosmovisión empezaron a imponerse. Hoy, el hombre contemporáneo vive relativamente cómodo en un mundo fragmentado, donde la razón y la verdad se conciben como cuestiones puramente interpretativas y privadas.
Sin embargo, salta a la vista que algo está fallando: las piezas del engranaje chirrían por todos lados pero no sabemos encontrar la avería.
Releyendo Las confesiones de San Agustín, puedo ver reflejada la trampa en la que ha caído nuestro tiempo – una trampa que acecha, en realidad, al hombre de todas las épocas en su camino hacia sí mismo y hacia la verdad. San Agustín narra cómo recorrió la senda de acceso a la verdad abierta por Jesucristo, un camino hacia Dios que implica la liberación de la propia estrechez y subjetividad. La pregunta clave que brota de su íntimo diálogo es: ¿Por qué el hombre, de manera natural, no halla el acceso a la verdad?
La respuesta es sencilla: el hombre, por inercia, tiende a desviarse. No nacemos correctamente orientados. Para ser incorporados al ámbito de la verdad tenemos que renunciar a nuestro propio criterio torcido y dejar que sea Dios mismo quien nos conduzca por sus cauces. La verdad comienza con el reconocimiento del error propio; tenemos que aceptar la condición menesterosa en la que nos hallamos de manera originaria. Sólo dando este paso podemos esperar que Dios nos lleve a la plena luz y a la vida sin cadenas.
Puede doler reconocer que la ruta de la verdad ha sido abierta por otro, pero no hay alternativa. Estamos en disposición de poseer la verdad, sí, pero ¿queremos poseerla? La propuesta filosófica de la posmodernidad consiste, en el fondo, en la de un sujeto enclaustrado que se niega a renunciar a un espejismo. Quedarse en la interpretación equivale negarse a reconocer la propia condición; significa eludir la vida misma. La complejidad teórica en la que estamos enredados hunde sus raíces en el marasmo vital en el que nos hemos ido metiendo. Lo que paradójicamente se presenta como liberación no es más que un estrechamiento autoimpuesto: un repliegue sobre uno mismo que aparta la mirada de nuestra verdadera situación.
Construimos el mundo en la medida en que perdemos el corazón. Los síntomas de nihilización de la posmodernidad, en el fondo, remiten a la misma problemática de siempre: la del hombre que se resiste a entregarse a ese amor más grande, único capaz de revelarle la verdad. La interpretación dura hasta que el corazón se pone ante Dios; entonces, la intimidad se abre en toda su amplitud. El ocultamiento en el que creemos que se esconde la verdad no es más que nuestra resistencia a acogerla.


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