top of page

La verdad no admite hooligans

  • Dh
  • 26 may
  • 2 min de lectura

Cuando me enteré de que alguien cercano y apreciado había sido acusado de unos hechos graves, mi primera reacción fue de incredulidad. Mis ideas sobre esa persona, los recuerdos compartidos, todo lo que creía sólido, empezó a resquebrajarse. Intenté buscar excusas para su conducta, resistirme a la evidencia, pero la realidad —esa fuerza que no admite negociación— terminó por imponerse.

Y entonces ocurrió algo inmediato, casi mecánico: como si se tratara de un partido de fútbol, se fueron formando dos bandos. Me instaron a elegir —¿creerle a él o creerle a ellas? ¿defenderle o respaldar las acusaciones?—, pero me resistí, y lo hice no porque crea que la verdad tiene que ser algo neutro, sino porque reducirla a un bando la traiciona: entonces ya no se trata de entender exactamente qué ocurrió, sino de proteger a aquellos a los que consideramos “los nuestros”. Y no hablo solo de aquel hecho en concreto: esta lógica es constante en discusiones familiares, rupturas o en las mismas redes sociales; en cualquier conflicto donde hay afectos en juego y alguien es acusado de algo.

Mientras todos a mi alrededor se definían, yo preferí hacer otra cosa: escuchar. Preguntar y acercarme a ambas orillas del conflicto. Mi intención no era corregir ni juzgar, sino entender. En ese intento descubrí algo incómodo: algo en mí también quería elegir rápido, pero me pareció que quienes eligen rápido un bando suelen perder la capacidad de ver, de asumir la complejidad de las cosas.

Pero, ¿qué significa realmente “buscar la verdad”? Aristóteles lo llamaría un ejercicio de phrónesis: no un cálculo frío, sino el esfuerzo de nuestro juicio para acercarse a la justicia, incluso cuando eso rompe la imagen tranquilizadora que nos habíamos hecho. Buscar la verdad no es solo aspirar a una opinión correcta, sino tratar de situarse de forma sosegada ante lo que ocurre. Mi resistencia a los bandos no sería más que una forma de prudencia.

Ahora bien, llevar esto a la práctica no es sencillo. Vivimos condicionados por el entorno y por nuestros vínculos, y necesitamos certezas. La duda nos incomoda. ¿Cómo empezar ese proceso, entonces? Siendo sincero, no tengo una respuesta definitiva, pero hay una idea que me ayuda: sólo cuando logramos apartarnos de ese “yo” egocéntrico —ese que necesita tener razón, proteger sus afectos o reafirmarse— empezamos a ver la realidad tal como es, y no como nos conviene. Quizá eso era lo más difícil en aquella situación: no tanto decidir de qué lado estar, sino desprenderse de la necesidad de convertir cualquier posición en un “lado”. Porque uno puede tomar postura sin convertirse en hooligan: mientras el “yo” busca seguridad y pertenencia, la verdad nos pide un desafío, una exposición y la renuncia, si hace falta,  a nuestras certezas, incluso a nuestros vínculos más queridos.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Todo lo que soy

Todo lo que soy es esta espera (innombrable, no habría dudado en llamarla así hace unos años). No sé qué más decir: ahora las palabras arden en sus propias cenizas y no tengo manera de distinguir unas

 
 
 

Comentarios


bottom of page